Para empezar con este blog, lo haré con algo que he aprendido hoy. Quizás ya sabía, o más bien intuía, que el amor humano es limitado, pero hoy me ha sorprendido por dos cosas: una porque está comprobado científicamente y otra porque lo han comparado con un cajón de calcetines.
Ponen sobre la mesa estas afirmaciones, y el estado de shock es inmediato, seguido de la cara de sorpresa, análisis de la frase, reflexión y posterior asentimiento. Ese es el orden de los procesos cuando te dicen algo que no esperas o que no sabes, o al menos el mío. Como siempre me he quedado atrapada en el momento de la reflexion y las dudas y preguntas internas no han sido pocas, ¡Cómo no! No puedes compararme el amor con un cajón de calcetines y no hacerme pensar.
Lo realmente descolocante ha sido la comprobación científica. Si existe, es que alguien o un grupo de personas han podido racionalizar el amor, darle tamaño y cantidad y saber cuanto somos capaces de dar y cuando se acaba. Sorprendente cuanto menos. ¿La calidad debe ser cuantificable también? ¿Podemos hablar de amor en términos cualitativos, cuantitativos y, sobre todo, podemos transformarlo en algo finito? Raciones de amor. Bolsas de amor. Amor envasado. Fábricas de amor. ¿Si tiene fin y cantidad, tiene precio? Capitalismo de amor, porque amor al capitalismo hay hasta dejarlo de sobra...
¿Y el cajón de calcetines qué? Cada calcetín es un vínculo afectivo creado, y claro, tan sencillo como: cajón lleno, ya no caben más. Calcetines viejos y rotos que te da pena tirar porque tienen algún significado, calcetines sin pareja, en fin, calcetines. Si no caben más hay que deshacerse de algunos para que puedan entrar los nuevos, sino, no hay sitio.
¿Cuántos calcetines viejos somos capaces de almacenar...?

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